ES- Más vale prevenir que curar

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Autor: Yasmina Haddad Zaimi, @jasminitaaa.

En el dicho popular de esta semana se cruzan dos aficiones, por un lado la historia y por otro la salud.

La historia aquí esta relacionada con Ignacio Felipe Semmelewis, que fue médico húngaro nacido el año 1818. Aunque su padre quería que su hijo fuese abogado, el joven cambió de idea al participar en una autopsia. Fue en ese momento cuando empezó su amor y su obsesión hacía la medicina.

En aquella época le llamó mucho la atención la elevada mortalidad de mujeres parturientas. En el año 1846 dijo: «Todo lo que aquí se hace me parece muy inútil; los fallecimientos se suceden de la forma más simple. Se continúa operando, sin embargo, sin tratar de saber verdaderamente por qué tal enfermo sucumbe antes que otros en casos idénticos».

El hecho problemático era averiguar la razón por la cual morían más mujeres por fiebre puerperal atendidas por médicos -supuestamente mejor atendidas- que las tratadas por las matronas.

Fueron dos los hechos que llevaron a Semmelweis a formular la hipótesis que explicase la causa de tan alta mortalidad entre las parturientas asistidas por médicos. El primer hecho, los estudiantes de medicina después de haber manipulados cadáveres participaban en los alumbramientos. En cambio, las matronas no trataban con los cadáveres. El segundo hecho, la muerte de un amigo suyo, profesor de anatomía, que murió al poco tiempo con los síntomas de la fiebre puerperal, tras haberse cortado con un bisturí utilizado en un cadáver.

Su hipótesis fue que la enfermedad se debía a unos patógenos (Escherichi coli) en los cadáveres que, al ser manipulados por los médicos, se transmitían por las manos infectadas (funcionado como vectores) de los médicos a las mujeres que eran asistidas por ellos.

Semmelweis conjeturó que se podría reducir el porcentaje de muertes simplemente con que los médicos se lavasen las manos antes de intervenir en un parto. Tras la utilización de una solución de cloruro cálcico que garantizara la total asepsia, el resultado fue el cumplimiento de todas las consecuencias prevista, es decir, la mortalidad cayó al 0,23%.

Sin embargo, muchos médicos de Europa bien por vanidad o bien por envidia, rechazaron su descubrimiento afirmando que había manipulado las estadísticas. Solo cinco médicos reconocieron su hallazgo.

El Doctor Kleín despidió a Semmelweis que fue a trabajar a Budapest en un hospital de maternidad dirigido por el Doctor Birley, donde escribiría un libro de la etiología: “el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal”.

En 1856 murió el Dr. Birley y Semmelweis fue nombrado director. No obstante, sus enemigos consiguieron desacreditarlo, cayendo Semmelweis en una fuerte depresión y después en la locura. En 1865, fue dado de alta tras su mejoría en el asilo donde se encontraba.

Aprovechó su libertad para entrar en el pabellón de anatomía donde, delante de los alumnos, abrió un cadáver y utilizó después el mismo bisturí para provocarse una herida. Tras tres semanas de fiebre y los mismos síntomas que los de las mujeres que tantas veces vio morir, Semmelweis falleció a los 47 años en Budapest.

En el interior del Hospicio General de Viena puede verse la estatua de un hombre sobre un pedestal que representa al profesor Semmelweis. Bajo la efigie hay una placa con la inscripción: «El salvador de las madres».

Conclusión:

Es preferible tomar las medidas necesarias para que un mal no suceda que tener que combatir ese mal después de que haya sucedido. Es decir, es mejor evitar que suceda una cosa mala que tener que solucionarla una vez ha pasado.

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